Por: David Torres
Estoy sentado viendo mi entorno.
Observo con atención la avenida que tengo al frente, los edificios, los autos, la gente. En fin, busco llenar mi vista de todo lo que me rodea.
Escogí un pequeño restaurant llamado “El Rincón del Italiano” porque me quiero recordar a mi mismo de un proyecto que tengo.
De hecho, siento estar en un pequeño pedazo de Italia.
Este lugar, lo estableció hace ya algunos años, el chef italiano Ciro. Viene de familia de restauranteros que han llevado el arte culinario a dos continentes ¿o aún más continentes? Averiguaré después.
Estoy en México, mi bello país de origen y un lugar amado por mí, pero me vine a recodar a mí mismo de un proyecto que tengo y que lo idee hace ya algunos meses.
En algún lugar de América, otro hombre sabio, dedicado a la industria del entretenimiento cinematográfico, ante una pregunta que le hicieron, relacionada al cómo había llegado a la tercera edad en tan buen estado físico y mental, respondió: “simple: nunca dejé entrar al viejo”.
“Dejar entrar al viejo” resonó fuerte en mi mente.
Ese proyecto para mí, involucra que se abran dos vías muy distintas y que son etapas: el David que ha vivido en el pasado o el David que ya vive el futuro.
Conozco o creo conocer a este David del pasado.
Aún, me sigue sorprendiendo este individuo, que cuando sigue anclado en muchos aspectos a sus ya consabidos sentimientos y pensamientos, tiene una actitud fuerte frente al cambio constante.
Desea, según puedo sentir en su propio cuerpo -el de David-, el llevar a cabo un cambio de timón en la trayectoria de su vida.
Es un acto de sobrevivencia. Requiere deshacerse el caparazón de lo viejo, de lo ya conocido.
En alguna ocasión él escuchó que uno de los mayores sabios de la humanidad expresó: “por sus frutos los conoceréis”.
David interpretó que había tenido muchos frutos. Unos fueron muy dulces. Otros no tanto.
Se preguntó a sí mismo, que si de seguir la misma senda, obtendría los mismos frutos. Su conclusión fue contundente: “si, obtendré los mismos frutos”.
Y entonces, el David del pasado honró en una pequeña ceremonia personal, todo lo que fue y tuvo y decidió convertir su personalidad en “Davide”, ligeramente igual a David, pero en su versión de “otro continente”.
Entonces, fijó rumbo a transformarse en una especie de romano, estoico pero esotérico a la vez y con tintes de espiritualidad.
Decidió, por tanto, que su personalidad, idealmente, necesitaba un cambio no cosmético, sino un más profundo que eso y puso velas hacia un nuevo horizonte a “dos grados” del antiguo destino.
Determinó entonces, que un cambio de esta magnitud en una distancia corta, no será visible, pero en una distancia mayor, haría la misma brecha que existe en las barrancas del cobre, de su natal México.
«Un cambiamento interno implica pensare in modo leggermente diverso, sentire in modo un po’ diverso e agire in modo un po’ diverso. Potrebbe non essere molto, ma dobbiamo ricordarci di farlo ogni giorno per il resto dei nostri giorni.»
Sentir, pensar, actuar igual, pero diferente, solo en dos grados, esa es la tarea. Una tarea más: hacer pequeñas cosas, pero de forma constante y todos los días, de manera ligeramente distinta a las que hace el “viejo David”, esa es todo.
¿Sabes si David cree que hay cambio? No. El cambio no se nota desde adentro. Pero “por sus frutos los conoceréis”.
Davide, quiere entre sus planes, recorrer un poco del camino que este hombre sabio recorrió.
Lo digo literal. Pisar donde el gran sabio pisó.
Quizás y digo quizás, pueda llegar a pensar, sentir y vivir, un poco la filosofía de un hombre excepcional que cambió el concepto del mundo occidental.
David y Davide ahora mismo están sosteniendo una conversación: ¿Cuál es el siguiente paso? Integrarse al ambiente de donde Davide pueda sentirse “en casa”.
Evangelio de Mateo, capítulo 7, versículo 16. En italiano, esta frase se traduce como «Dai loro frutti li riconoscerete».

