Mi bici nueva, mi bici vieja

Por David Torres

Estando cómodamente sentado en mi sofá, viendo la televisión, se acerca mi hijo y me dice: “Papá, tienes dos bicicletas y una es nueva. La otra no la usas” y prosigue: “¿porqué no regalas la bici que no usas?”

Me quedé pensando “¿regalar?” “¿cómo por qué?” Mi hijo prosiguió: “lo que no uses papá, hay gente que lo necesita y mejor regálalo”.

Me remonté a los días que conseguí esta vieja bicicleta. Fue como hace tres años, que llegué a la fonda donde solía ir a comer y ahí la vi, acomodada contra la pared. No recuerdo si tenía o no un letrero de “se vende”.

Un impulso me llevó a preguntar “¿venden la bici?”. La verdad, quizás porque parecía lista para ir a trabajar repartiendo comida o por otro motivo, pero la pregunta salió de mi boca sin pasar por mi cerebro.

“Si”, me contestaron. “Dame mil pesos y es tuya”. “Va”, contesté. Me la llevé muy contento a casa, sintiendo que me había ganado un trofeo.

Lo primero que pensé fue: “si esta bici la uso al menos tres meses seguidos, compraré luego otra”.

Y así, pasó el tiempo y lo que esa bici logró por mí, fue magia. Primero que nada, me recordó lo mucho que de niño disfruté andar por los parques de mi colonia.

Vivía en una zona con pequeñas colinas y saqué una vieja bici de mi padre y la “tunee” -se refiere a que la remoce-, para andar de aquí para allá durante mis veranos. Conocí una forma de pasar el tiempo sin meterme en problemas.

Volviendo a mi vieja bici, la mandé a arreglar, la puse a tono con frenos y llantas y dejé estacionado mi bello auto, para dar paso a hacer un poco más de ejercicio.

En realidad, ya venía ideando este plan, de cara a acercarme a mis sesenta años. En un diálogo conmigo mismo, me convencí de ir aproximándome a la senectud en mejor que en peor forma.

Es por eso que decidí que una bici, sería el vehículo ideal.

Así las cosas, el tiempo se fue alargando y esta bici ideal para repartir por la parrillita que tiene, se convirtió en mi compañera y aún, soportó la inclemencia del clima.

Al menos tres años después, me cambié de casa a un lugar “más elegante” y aproveché para tener un vehículo más a tono con la nueva zona -según yo- y en cuanto pude, me compré una bella bicicleta australiana.  

Ahora ya no parecía que iba a repartir la pizza -sin ofender a ningún repartidor-, sino que me iba a hacer “fitness”.

Total, el punto es que cuando mi hijo me invitó a vender la vieja bici, reflexioné y pensé para mis adentros que esa bici era en realidad una metáfora de mi vida.

Ese bello objeto -mi bici vieja-, representa para mí, aquello de todas las experiencias anteriores que he tenido y que me han traído hasta donde hoy estoy.

Con esas llantitas que se volvieron viejas, ese asiento desvencijado y todo lo demás, óxido incluido, ese objeto me recuerda a la persona que me convertí.

Además, si le pongo un poco de amor -a la vieja bici y a mi persona-, saldrá a la luz todo el lustre que ambos podemos dar.

Y tengo otro plan secreto: quiero que mi mujer, aproveche este bello aparato -mi bici vieja- y salga conmigo en las tardes a pasear e ir a un estanque cercano a mi casa, en donde conviven ardillas con patos.

Estoy seguro que tu al igual que yo, no te deshaces de aquellos objetos que te han acompañado durante tu vida, justamente porque llevan consigo la memoria de quién eres y en quién te has venido convirtiendo.

¿O me equivoco?

Así que cuando te digan que te deshagas de algo, piensa en esta historia y posiblemente, quieras conservar ese objeto contigo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más artículos